Por Antonio Ortiz
Director General SAFTI España
Hay una pregunta que las empresas deberíamos hacernos con mucha más frecuencia, ¿por qué una persona que trabaja con nosotros decide quedarse? Durante décadas, la respuesta parecía sencilla, salario, estabilidad y posibilidades de promoción. Hoy esa ecuación se ha quedado obsoleta. Las nuevas generaciones, pero también los profesionales con más experiencia, buscan algo más, quieren desarrollar una carrera profesional sin renunciar a su vida personal. Quieren aprender, sentirse escuchados, trabajar con autonomía y formar parte de un proyecto en el que su esfuerzo tenga sentido.
Desde mi experiencia como director general de una empresa que desarrolla su actividad en el ámbito del marketing en red, estoy convencido de que el bienestar se ha convertido en uno de los grandes factores de competitividad de las organizaciones. Y no hablo solamente de poner una mesa de ping-pong en una oficina o de organizar actividades puntuales. Hablo de algo mucho más profundo: crear una cultura empresarial en la que las personas puedan trabajar bien y, al mismo tiempo, vivir bien.
La flexibilidad horaria es uno de los mejores ejemplos. Cada profesional tiene unas circunstancias diferentes, poder organizar el tiempo con cierta autonomía facilita la conciliación, reduce tensiones innecesarias y permite que las personas sean responsables de su propio rendimiento. La flexibilidad, bien gestionada, no significa trabajar menos, significa tener mayor capacidad para decidir cómo alcanzar los objetivos.
La conciliación debe formar parte de esa cultura. Una empresa que entiende que sus profesionales tienen hijos, familiares a su cargo, obligaciones personales, aficiones y necesidades fuera del trabajo está reconociendo algo tan sencillo como importante, nadie puede separar completamente a la persona del profesional.
Pero el bienestar tiene muchas más dimensiones.
Está, por ejemplo, la autonomía. Confiar en las personas, permitirles tomar decisiones y darles margen para desarrollar sus capacidades genera responsabilidad y compromiso.
Está también el reconocimiento. No todo se soluciona con una nómina. Un “buen trabajo”, una oportunidad de participar en un proyecto o simplemente sentir que el esfuerzo realizado ha sido visto puede tener un enorme valor para quien lo recibe.
Y está la formación continua. Una organización que forma a sus profesionales no solo mejora sus capacidades, les está diciendo que apuesta por ellos. La formación abre puertas, permite asumir nuevos retos y evita que el trabajador sienta que su trayectoria profesional se ha detenido.
En nuestro ámbito, el trabajo en equipo tiene además un valor extraordinario. Compartir conocimientos, experiencias y objetivos permite que el crecimiento individual se convierta también en crecimiento colectivo. La colaboración genera aprendizaje, fortalece los vínculos y crea un sentimiento de pertenencia que difícilmente puede conseguirse únicamente con incentivos económicos.
A ello añadiría la mentorización y el acompañamiento profesional. No todos necesitamos lo mismo en cada momento de nuestra carrera. Contar con alguien que oriente, escuche, comparta experiencia y ayude a afrontar nuevos desafíos puede marcar una diferencia enorme.
También debemos hablar de salud emocional. Las empresas tienen que generar entornos donde exista respeto, comunicación y confianza. Un ambiente laboral basado en la presión permanente puede producir resultados a corto plazo, pero difícilmente construirá relaciones profesionales duraderas.
Incluso la tecnología puede contribuir al bienestar cuando se utiliza correctamente. Las herramientas digitales permiten simplificar procesos, facilitar la comunicación, trabajar desde distintos lugares y ganar tiempo en tareas que antes requerían muchas horas. La tecnología debería estar al servicio de las personas y no convertirse en una fuente permanente de disponibilidad.
Y hay otro elemento que considero fundamental que es el propósito.
Las personas quieren saber para qué hacen lo que hacen. Quieren identificar el impacto de su trabajo, sentirse parte de algo y comprobar que sus capacidades contribuyen a un proyecto mayor. Cuando existe ese sentimiento de pertenencia, la relación entre empresa y profesional adquiere una dimensión diferente.
En cambio, cuando existen flexibilidad, conciliación, formación, reconocimiento, autonomía, posibilidades de crecimiento, liderazgo, acompañamiento, buen ambiente, participación y confianza, la permanencia deja de depender exclusivamente de una obligación contractual.
En este sentido, el futuro de las empresas no se decidirá únicamente por quién tenga la mejor tecnología, el producto más competitivo o la mayor capacidad financiera. También se decidirá por quién sea capaz de crear los mejores lugares para desarrollar una vida profesional.
Porque quizá la pregunta más importante que puede hacerse hoy un trabajador no sea cuánto le ofrece una empresa para incorporarse, sino algo mucho más sencillo, ¿Puedo imaginarme trabajando aquí dentro de muchos años? Cuando la respuesta es sí, la empresa no solo ha conseguido talento, ha conseguido confianza, compromiso y futuro.



